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sábado, 6 de abril de 2013

Una comparacion injusta


Ricky Rubio siempre ha generado expectación, nos guste o no, para bien o para mal, fuera y dentro del espectro puramente deportivo. A su llegada a los Estados Unidos, creo recordar que en los días previos al Draft del 2009 en el que sería seleccionado por los Timberwolves en el quinto puesto, un periodista durante una rueda de prensa le hizo la ya clásica pregunta de con qué jugador se compararía o a quién le gustaría parecerse. Rubio, correcto pero sin tratar de salir del paso dando largas, respondió algo así como “creo que soy un jugador con un estilo propio de juego, pero sí debiera compararme con alguien, lo haría con Steve Nash”.

Foto: bleacherreport.com

La comparación propuesta por Rubio es lógica, simple: ambos son blancos, bases, excelentes pasadores, capaces de controlar con solvencia los tiempos del partido, de dar velocidad al juego cuando es necesario y de frenarlo cuando les conviene. Conscientes o no de ello, ambos son partícipes del estilo stocktoniano de “playmaking”, y parecen cortados con un mismo patrón, el de base creador de juego. Evidentemente, también tienen notables notables particularidades que los distinguen: ni Rubio tira como Nash, ni Nash defiende como Rubio, pero cuesta encontrar las siete diferencias entre la manera de hacer de uno y la del otro. Pertenecen a una misma escuela, pertenecen a una misma escuela y están lejos de pertenecer a esa nueva ola de bases atléticos y sobreexcitados ofensivamente en la que Derrick Rose y Russell Westbrook son los máximos representantes, y Kyrie Irving y Damien Lillard los jóvenes leones.


Sin embargo, en los últimos tiempos ha venido tomando fuerza otra comparación que ya se había gestado hace tiempo, desde la llegada de Rubio al mercado norteamericano, y que posiblemente obedece más a una serie de razones publicitarias con las que la figura de Ricky Rubio ha tenido que lidiar desde que empezó a despuntar, y que medios sensacionalistas tanto estadounidenses como extranjeros se empeñan en alimentar con fuerza, conscientes del tirón mediático del jugador. Ahora, a Ricky Rubio, se le compara con Pete Maravich. ¿Las razones de dicha comparación? Un aspecto físico muy similar y una capacidad innata para hacer llegar el balón (en ocasiones de la manera más inverosímil posible) al jugador mejor situado para meterlo en el aro.


Al buen conocedor de la historia del baloncesto y hasta a algún profano con algo de memoria le sonará el nombre de Pete Maravich: un mito, un prodigio infravalorado en su tiempo pero cuya sombra se extiende hasta nuestros días, probablemente el mejor tirador que haya pisado la NBA, sin duda uno de los jugadores más fascinantes de todos los tiempos, un genio sin anillo marcado por la obsesión en la victoria absoluta inculcada por una figura paterna extraordinariamente influyente en su vida, un jugador que, para redondear la leyenda, murió de un infarto a los 40 años.

La primera vez que oí a alguien comparar a Ricky Rubio con Pistol Pete Maravich me quedé de piedra y achaqué los motivos del símil al habitual hype que rodea al jugador catalán y a una intención clara de los medios de dar bombo a un jugador que, por aquel entonces, aún jugaba en Europa. Cuando tiempo después, con Ricky comenzando a cuajar buenas actuaciones en la NBA, Shaquille O'Neal llamó a Rubio “el Maravich italiano” (error geográfico involuntario, o no, aparte) no pude más que volver a tirar de excusas propias y, recordando la faceta de showman y colaborador televisivo de The Big Cactus, justifiqué un poco la comparación. Además, dichas declaraciones se produjeron pocos días antes del All-Star de 2012, un evento más publicitario que deportivo, por lo que nada de lo que dijera Shaq se saldría de lo aceptable siempre y cuando promoviera el espectáculo.

Pero cuando una voz tan autorizada como la de George Karl volvió a sacar el ya asentado tópico del baúl de los lugares comunes para afirmar con rotundidad que “Rubio es mejor pasador que Maravich” pensé que la cosa se había ido definitivamente de madre. ¿Estaba yo equivocado, y la comparación de Rubio con Maravich era legítima? ¿O un símil con un origen completamente comercial como aquel había calado tan hondo en el mundo del baloncesto que hasta un entrenador de reconocido prestigio se permitía el lujo de usarlo?

Foto:blog.homage.com

Yo también creo que Rubio es mejor pasador que Maravich. Estoy convencido. Soy un fanático de la perogrullada. Y eso apoya, en gran parte, mi argumento. Ricard Rubio ha sido alabado por su habilidad para pasar, por su inteligencia en pista y por la picardía y la rapidez de manos que siempre ha demostrado, por su capacidad defensiva y por hacer mejores a sus compañeros, de las categorías inferiores a la NBA. Pero nunca por su tiro. Una vez dejó el mundo de los niños, donde sí había sido un notable anotador, para jugarse la piel en la cancha contra profesionales (muy precozmente, todo sea dicho) el tiro, su arma ofensiva más directa, comenzó a resentirse hasta llegar al punto de que en su peor momento anotador de todos, su etapa en Barcelona, el hecho de no ser una de las primeras opciones ofensivas del equipo, unido a una suspensión ineficaz, de mecánica fea y poco pulida, desembocó en que una canasta suya fuera algo más anecdótico que natural. Y es que nunca fue un tirador, y dudo que jamás pase de ser una amenaza exterior rachera y poco consistente. Lo suyo (y lo hace a las mil maravillas) es ser la cabeza pensante de un equipo competitivo en la pista, no su brazo ejecutor.

Con Pete Maravich no sucedía lo mismo: el pase era la espectacular alternativa que el jugador de Aliquippa ofrecía tras aquello que le hizo famoso: el tiro. Su capacidad para superar ampliamente la barrera de los treinta puntos e incluso de los cuarenta hizo que llenara pabellones enteros ya en el instituto, en la LSU (la poco competitiva Louisiana State University, impuesta por su padre a un tipo capaz de jugar en Marte), en Atlanta, Nueva Orleans y, ya en el ocaso de su carrera, en Utah y Boston. En un reportaje de la ESPN sobre los mejores tiradores de la NCAA de todos los tiempos al jugador listado como el mejor, Larry Bird, le brillan los ojos cuando habla del segundo, que no es otro que Maravich, con el que compartió vestuario un año en Boston y que había sido su ídolo y ejemplo desde siempre.

El talento para tirar de Maravich era indiscutible: con los pies fijos, tras driblar, después de un bloqueo, cayendo hacia atrás, a la media vuelta, con un floater... La variedad, impactante; la calidad, exquisita. Combinaba una muñeca letal con una mecánica perfecta y una técnica muy depurada. Era un jugador hecho, desde temprana edad, para pasearse entre los veinte y los cincuenta puntos por noche sin problema, y lo sorprendente es que lo consiguió desde sus años de instituto hasta la NBA. Era como una especie de JJ Redick en Duke o de Jimmer Fredette en BYU pero con una dimensión como jugador mucho más amplia que la que jamás tendrán estos. No necesitaba hacer mates para dejar boquiabierta a la hinchada: era el anotador total.

Foto:stillballinblo.wordpress.com

Queda, además, un segundo aspecto de su juego que proyecta sobre la figura del mítico jugador de los Jazz tanta luz como sombras: su individualismo. En una liga que venía de los tiempos del juego en equipo, donde los grandes conjuntos de la década anterior y principios de los setenta, que es cuando llegó Pete Maravich a la Liga, eran equipos cohesionados donde, pese a haber estrellas, todos hacían un poco de todo. Pistol rompió con todo eso y se convirtió, de la noche a la mañana, en el arma ofensiva más importante de Atlanta, creando sus tiros y ejecutándolos sin ayuda de casi ningún tipo. Y en parte eso hizo que jamás llegara a encajar en los Hawks, volviendo después de cuatro temporadas en Atlanta a Lousiana, a los New Orleans Jazz (por aquel entonces el nombre de la franquicia encajaba con la ciudad), donde se convirtió en la indiscutible y fulgurante estrella de un equipo poco competitivo.

Por tanto, y después de mostrar que los puntos fuertes del jugador catalán no son los mismos que hicieron primero famoso y luego leyenda al eterno tirador con el que se le compara, y por esa misma razón no son, asimilar el juego de uno con el del otro sería injusto. Decir que Ricky Rubio es un tirador parecería, hoy por hoy, un chiste, un broma que nadie podría tomar en serio; llamarle individualista, un insulto sin sentido; y afirmar que la dimensión como creador de juego de Pete Maravich, un escolta muy completo, es igual que la de Rubio, una estupidez. Mi recomendación es dejar las comparaciones a un lado, disfrutar del juego del genio de El Masnou lo que se pueda, y mantener al abrigo del tiempo a leyendas que marcaron una era y a las que las comparaciones ya no pueden hacer ni bien ni mal.

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